Cosas de Jorge

sábado, 6 de mayo de 2017

Las liebres y las ranas


Una nueva entrega, ilustrada con una fábula de Esopo.

 

Las liebres y las ranas.



Se reunieron un día las liebres y se lamentaban entre sí de llevar una vida tan precaria y temerosa, pues, en efecto,
¿No eran víctimas de los hombres, de los perros, de las águilas, y otros muchos animales?
¡Más valía morir de una vez que vivir en el terror!

Tomada esta resolución, se lanzaron todas al mismo tiempo a un estanque para morir en él ahogadas.

Pero las ranas, que estaban sentadas alrededor del estanque, en cuanto oyeron el ruido de su carrera, saltaron asustadas al agua.
Entonces una de las liebres, la que parecía más inteligente que las demás, dijo:

¡Alto compañeras!
¡No hay que apurarse tanto, pues ya veis que aún hay otros más miedosos que nosotras!

El consuelo de los desgraciados es encontrar y ver a otros en peores condiciones.

Al igual que las liebres, le ocurre a muchas personas que son débiles de mente, en lugar de sobreponerse a los problemas y miedos, que les genera la vida, hacen como las liebres que huyen e incluso deciden suicidarse.

El suicidio es quizás la acción más pobre que podemos realizar, puesto que con el suicidio perdemos todo lo que poseemos tanto física como espiritualmente.

Cuando nos suicidamos además perdemos lo que no hemos vivido que puede ser mucho, además de hacer sufrir a las personas que nos quieren por nuestra marcha.

Pero la cosa no se termina aquí, algunas ideologías afirman, que estamos en este mundo para formarnos, adquiriendo experiencia y cuando morimos marchamos a otras “esferas”, para después reencarnarnos de nuevo, regresando a la Tierra varias veces hasta adquirir el grado de sabiduría necesario, para subir a una esfera superior.

Aunque el interesante tema de la reencarnación, lo reservaremos para algún futuro artículo en exclusiva para él, próximamente.

Pero aún hay más, también hay personas que como los conejos, para sentirse más “valientes” necesitan que otros sean más temerosos que ellos.

¿Por qué muchas personas viven (o más que vivir, sufren), desarrollando el sentimiento de la envidia?, mirando lo de desean en manos de los demás, en algún caso llegando al punto de desear o destruir al envidiado, para que no disfrute de lo envidiado…

En este caso los conejos no envidiaron a las ranas, pero al ver que alguien se asusta más que ellos, llegaron a comprender que no estaban ellos tan mal, que los hay que lo pasan peor.

¿Es necesario comprobar que otros lo pasan peor, para entender lo bueno de la vida?

Ciertamente, en muchas ocasiones, nos solemos amargar por pequeños problemas que nos impiden disfrutar de nuestra propia vida, consiguiendo destrozar nuestra vida y la de los que nos rodean.

¿A quién no le suena el problemón (especialmente en la pubertad), de tener un grano “enorme y feísimo” en la punta de la nariz?

Mas adultos comprendemos que el problema no era tal, que aunque el grano en la punta de la nariz, aunque haga feo, es lo que hay y por supuesto, al mundo le importa un pimiento que tengamos ese grano o no.

Si tenemos el grano en la punta de la nariz, como si no, que quien quiera mirar nuestra nariz que se la mire y a quien no le guste… pues que no la mire, así de simple.

Básicamente, os recuerdo mi consejo de siempre:

Nada más abrir nuestros lagañosos ojos, pintemos una sonrisa radiante, alegrémonos de que en breve saldrá el sol y si el sol no sale alegrémonos de que el sol no nos cegara cuando conduzcamos y nos den sus rayos en los ojos, alegrémonos de que estamos ahí, alegrémonos por estar rodeados por todos esos seres queridos que tenemos a nuestro alrededor, alegrémonos de tomar ese café matutino (indispensable para mí), etc.